¿Cómo fue filmar Rojo Amanecer?

 

 

Por Julio López

Antes de que Rojo amanecer se concretara (1989), hubo varios intentos por llevar al cine el movimiento estudiantil que ocurrió en México en 1968, pero todos fracasaron. El largometraje que más se acercó fue la película Canoa (1975), filmada por el director Felipe Cazals.

Dicha cinta se basó en hechos reales, de cuando un grupo de trabajadores de la Universidad de Puebla llegó a San Miguel Canoa, el 14 de septiembre del 68, con la intensión de escalar La Malinche. Nunca cumplieron con su objetivo, pues la gente los acusó de ser estudiantes comunistas, boicoteadores de los Juegos Olímpicos, que habían llegado al lugar para quemar cosechas y violar mujeres. La enardecida muchedumbre los linchó salvajemente. La noticia tuvo poca relevancia a nivel nacional; sin embargo, se convirtió en un presagio de lo que sucedería tres semanas después en la Ciudad de México en la Plaza de las Tres Culturas.

Y justo para llevar a la pantalla la matanza que enmarcó Tlatelolco había que sortear dos grandes retos: burlar la censura reinante y encontrar una historia que financieramente fuera posible filmar.

 

Retomar la historia

Guadalupe Ortega y Xavier Robles, activistas del movimiento estudiantil, resolvieron el segundo de los acertijos. En 1987 entregaron una sinopsis de 10 cuartillas al Banco de Guiones, una institución que apoyaba al desarrollo de historias de calidad. Por decisión unánime el jurado aprobó el proyecto de guion. Así comenzó la escritura de la primera película de ficción que hablaba frontalmente acerca de lo acontecido en Tlatelolco.

La película que menos imaginarías sirvió de inspiración para que los guionistas dieran forma al texto; Alien, del director Ridley Scott. Y es que para rodar la masacre se necesitaría un gran equipo de producción: tanques, armas, uniformes, ropa de la época y miles de extras, incluso un helicóptero; elementos que encarecían el proyecto.

En este punto Alien se vuelve clave, pues en el filme de 1979 el extraterrestre no se muestra completamente, sólo se ven algunas partes de su cuerpo; la tensión aumenta cuando el monstruo de cabeza alargada y dientes puntiagudos no está en escena, pero se sugiere que está cerca. Xavier Robles y Guadalupe Ortega harían lo mismo con el 2 de octubre de 1968, la matanza no se vería, sólo se escucharía.

Asimismo, los guionistas tomaron como referencia los libros La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska, las experiencias vividas y plasmadas en Los días y los años de Luis González de Alba y los testimonios recopilados por el autor mexicano José Revueltas y el escritor español Ramón Ramírez. El argumento narraba lo que sucedía en el mitin a través de la historia de una familia encerrada entre los muros de un modesto departamento ubicado en la Plaza de las Tres Culturas, y en la trama sólo participaba un número reducido de personajes que actuaban en espacios delimitados.

La historia de Rojo amanecer sucede en 24 horas, el abuelo se levanta y comienza con sus labores cotidianas. La familia se reúne para desayunar, poco después el abuelo y los hijos salen del departamento. Deja de funcionar el teléfono y la luz. Los hijos menores regresan de la escuela. Comienza el mitin. El ejército y la policía toman posiciones. Un helicóptero lanza dos bengalas con lo que da inicio el ataque a los manifestantes.

Así, en 1988 quedaría terminado y listo para filmarse el guion Bengalas en el cielo, título que luego sería sustituido por Rojo amanecer —uno de los productores también sugirió el llamativo nombre de Tlatelolco sangriento, el cual evidentemente no sobrevivió—.

Sin embargo, no sucedió nada, nadie quería apostar por un proyecto sobre el 68. Había un distanciamiento al caso, el temor a las represalias era unas de las causas. En aquel entonces la censura era rígida y nadie quería contradecir la orden expresa que se había dado desde las altas esferas del poder para que no se tocara el tema bajo ninguna circunstancia.

La historia de cómo llegó el guion a manos de Jorge Fons es incierta. La más conocida afirma que por casualidad o destino la actriz Mario Rojo le entregó una copia al director. Otra de las versiones que más se conoce, sugiere que fue Héctor Bonilla quien le propuso al cineasta hacer la película. Con el paso de los años los rumores se han ido modificando un poco, pero es un hecho que Bonilla y Fons unieron esfuerzos para llevar a buen puerto este argumento.

¿Cómo filmar una película prohibida?

Fons y Bonilla contactaron a Fernando Macotela, que en aquel entonces tenía contactos en la Dirección General de Radio, Televisión y Cinematografía, él podía investigar si era posible hacer la historia. Se juntaron en un café y la respuesta fue tajante. Les dijo que no metieran el guion, que no les iban a permitir filmarlo porque hacía referencia al ejército. La estrategia era bien conocida, recibían los documentos y los archivaban hasta que se desistiera de la idea de rodar o simplemente el proyecto cayera en el olvido.

Ante la negativa, no tuvieron más remedio que realizar la película de manera clandestina. Bonilla hizo cuentas, vio que financieramente era un proyecto factible que comulgaba con su posición política y decidió invertir todos sus ahorros. Fue un presupuesto bajísimo, pero con eso comenzaron.

Para mantener en secreto el rodaje evitaron filmar en Tlatelolco, ahí se realizaron sólo algunas tomas; la fachada del edificio Chihuahua, las escaleras, los elevadores y la escena donde el abuelo juega con el niño en el pasillo.

Evidentemente tampoco tenían los recursos para filmar en un foro, tuvieron que conformarse con una bodega mal iluminada ubicada al sur del Distrito Federal. La precaria situación financiera contrastaba con la libertad creativa. Era su película y los autores podían hacer la historia tal y como querían.

 

 

Hay que resaltar el trabajo de Helmut Greisser, quien se encargó del diseño de producción y del diseño de arte. Literalmente reprodujo un departamento de Tlatelolco con la ventaja de que todo era desmontable.

Así comenzó el rodaje. A pesar de que los llamados iniciaban a las siete de la mañana y se prolongaban hasta ya entrada la madrugada, en el set todo era algarabía, todos querían ayudar.

La producción literalmente se convirtió en un proyecto de amigos y familia. Los asistentes de Jorge Fons fueron su esposa y su hijo, y uno de sus sobrinos interpreta a un estudiante que es golpeado en las escaleras.

Héctor Bonilla daba vida a Humberto y su hija, Leonor Bonilla, aparece en escena junto con los manifestantes heridos. María Rojo interpreta a Alicia, la mamá, y su hijo es uno de los estudiantes detenidos. Jorge Fegán es el abuelo Roque, Bruno y Demian Bichir, son los hijos mayores.

Por su parte, los más jóvenes de la familia fueron encarnados por Estela Robles, hija de Xavier Robles, y Ademar Arau, quien tuvo que ir al psicólogo durante varios años debido a lo crudo de su trabajo en esta cinta.

Pese al sigilo de la producción, importantes figuras de la cultura nacional visitaron el set en algún momento, como Gabriel García Márquez. La regla era que cualquiera que pudiera ayudar y no los delatara, era bienvenido.

Como era de esperarse, el presupuesto no alcanzó. A la segunda semana de rodaje el dinero se terminó, aunque muchos de los involucrados no cobraban por su trabajo. Gracias a que el filme se rodó en orden cronológico y a que el personaje de Bonilla sólo aparece al principio y cerca del final, este pudo ausentarse del set para buscar productores que quisieran invertir.

Encontró su salvación en el actor y productor Valentín Trujillo. Le bastó ver quién participaba en la cinta para decidirse a invertir en el proyecto, que en ese momento pendía de un hilo. Inclusive, llegaron a ofrecerle las escrituras de una casa para que invirtiera el dinero que se necesitaba para terminar la cinta.

Luego de tres arduos meses y un día, concluyó el rodaje. El siguiente paso era revelar los negativos, un proceso delicado, al igual que cada punto del proceso de este filme, tenía que hacerse a escondidas.

Durante varios días Bonilla paseó los rollos de película en su vocho, tratando de convencer a un trabajador de los laboratorios de los Estudios Churubusco para que los revelara por debajo del agua. Al final lo consiguió, pero por la premura y las condiciones en las que se realizó el trabajo, no tomaron en cuenta las indicaciones del director y las correcciones de color. El material tenía un tono verdoso.

La edición y la postproducción se realizaron sin contratiempos en el Edificio de Productores donde Valentín Trujillo tenía su oficina. Al momento del montaje el guion se respetó a cabalidad, sólo se omitió la frase que se tenía considerada para el final: “Se llevaron los muertos quién sabe adónde. Llenaron de estudiantes las cárceles de la ciudad», versos que José Carlos Becerra escribió en su poema “El espejo de piedra”.

Ahora venía la verdadera prueba, lograr que la Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC) les otorgaran una clasificación y certificara su exhibición comercial. En una jugada audaz Valentín Trujillo envió una copia a Texas sólo por si acaso se les ocurría “enlatar” el largometraje.

La Ley y Reglamento de la Industria Cinematográfica decretada el 6 de agosto de 1951 estipulaba en su artículo 67 que, en un plazo no mayor a tres días hábiles, RTC debía autorizar o prohibir la exhibición pública de una película. Para Rojo Amanecer el dictamen tardó seis largos meses en llegar.

Durante este tiempo se habló mucho de la historia y, como era de esperarse, se filtró una copia que fue a parar a Tepito al mercado pirata. La desesperación pronto se apoderó de todos los involucrados en el filme. El primero en ejercer presión fue Xavier Robles.

Él mismo cuenta que encaró a la entonces Directora de Cinematografía, Mercedes Certuche, cuando coincidió con ella en la Cineteca Nacional durante la presentación de la película Muelle rojo, cuyo guion era también de Robles. Cuando pasó al estrado le reclamó públicamente. Se armó un escándalo mayúsculo que trascendió en todos los ámbitos.

Desde ese momento, el apoyo de los medios de comunicación fue fundamental para que Rojo amanecer saliera a la luz. En cada oportunidad María Rojo exigía una solución. Héctor Bonilla llegó a decir que si no se exhibía haría una función en el auditorio Che Guevara de la Facultad de Filosofía de la UNAM, en la que regalaría la película a los asistentes para que ellos la difundieran.

El conflicto se solucionó cuando el presidente en turno, rodeado del Estado Mayor presidencial, vio la película acompañado por intelectuales como Gabriel García Márquez, Héctor Aguilar Camín y otros políticos y funcionarios.

Llegaron así a un acuerdo, Rojo amanecer se exhibiría siempre y cuando se borraran las referencias al ejército, unos 100 segundos en total. Se perdía poco y se ganaba mucho; el filme logró instaurar de manera oficial lo acontecido el 2 de octubre de 1968.

El estreno fue un éxito rotundo, el público y la critica la aclamaron. Tanto así que en 1991 se coronó como la gran triunfadora en la ceremonia de los Premios Ariel al obtener nueve de 11 posibles galardones, incluidos el de Mejor película, director, actriz y actor.

Mucho tiempo después, Fons dio con la copia sin censura que años atrás Valentín Trujillo había enviado a Estados Unidos. Es por eso que circulan dos versiones de la historia.

Para beneplácito de todos la Filmoteca de la UNAM recientemente terminó la restauración de la película, lamentablemente reparó la versión censurada. Y ahora Jorge Fons, a sus casi 80 años y cinco décadas después de la masacre, se dará a la tarea de buscar y remasterizar, nuevamente, la versión del director.

Rojo amanecer está disponible en DVD.

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