La final de Master Chef México; como lección de izquierda

P U N T O  D É B I L

Luis Enrique De Santiago C.

Hace tiempo cuando llegue a trabajar a un periódico del sureste mexicano desempeñé el puesto de corrector de columnas políticas, el único puesto que estaba disponible en la redacción, yo, lejos de mi lugar de origen y de mi familia, decidí que de algo tenía que trabajar y acepté de inmediato. Dentro de las funciones que desempeñaba estaba el revisar las columnas locales y nacionales, buscar errores de ortografía, sintaxis y de contenido.

 

El director editorial adjunto, era un muchacho de escasos veintitantos, un chavo dedicado a su chamba, y quien posiblemente era una de las mejores opciones para el puesto, sin embargo, su carácter no era el adecuado, el puesto a muchos les hace perder el piso, en este caso era lo esperado. Su intolerancia, a las explicaciones de los mortales era nula, y desde luego, él pensaba que era el único ser en esta tierra que había leía a Benedetti.

En alguna ocasión –de las cuales no se daban mucho-- hablamos de cuestiones semi personales, y comentó algo sobre el poeta uruguayo, y mi respuesta fue clara y sin pensarla. Esto le molestó e hizo que su cara se volviera hacia mi y me mirara a los ojos, y me preguntó: ¿Sabes quién es Mario Benedetti? Y yo contesté, pos supuesto, yo estudié literatura latinoamericana, y el se rio y me dijo, no te creo, a ver dime el nombre de algún libro de él y en verdad eso me molestó, y sólo contesté, he estado en lecturas de sus poemas en el Palacio de Bellas Artes y su respuesta fue: A sí..., mmmm.

Desde luego fui avanzando rápido en mis encomiendas y pronto llegué a encabezar un proyecto que era nuevo para el periódico, y que me ponía en una situación clave, ahí la cosa se puso complicada. Los intereses se vuelven el pan de cada día cuando hay de por medio el quedar bien con el jefe supremo.

Así, que me vi en medio de dos fuegos y no precisamente amigos, y con el tiempo y después de sinsabores y amenazas personales, decidí renunciar y no sólo eso, sino que mi familia y su servidor decidimos que era mejor salir de Tabasco, las amenazas llegaron a mi casa, por lo que todos estaban enterados de lo que en el trabajo ocurría, a mi esposa, le hicieron llegar un supuesto correo que alguien escribió acreditándome la autoría, con el objetivo de conquistar a una mujer, que ni existía.

En aquellas épocas tenía un hijo de 5 años y a mi esposa, así que pos seguridad de todos, nos mudamos a Veracruz, aquí, encontramos un clima muy diferente y no me refiero a la temperatura, sino a los intereses y a los trabajos. La competitividad profesional no era tan exigente como en la ciudad de México y en Tabasco, pero esto tenía una consecuencia, los sueldos eran y son pésimos, afrontamos la situación y decidimos invertir lo poco que teníamos en negocios, después de dos años, decidí regresar a trabajar y busqué chamba, en un diario y entré como editor, el salario no cubría ni la colegiatura de mi hijo, pero pues había que darse a conocer y pues ni modo, entramos en este juego que hasta hoy, sigue girando, el asunto que me atañe al exponer esta experiencia, es directamente proporcional al valor que uno le pone a sus trabajos. Si bien es cierto que nos tragamos el lema de que el trabajo le da de comer a nuestras familias, nosotros como mexicanos somos los que menos respetamos esas asignaturas.

He conocido gente que ha viajado por diferentes partes del mundo y ha conocido mexicanos y he escuchado la misma versión, el mexicano no es leal con su raza, y aquí lo vivimos a diario, nos “chingamos” a quien se deja, y entonces, dónde está el patriotismo, dónde está ese orgullo de ser mexicanos, de tener consideración por los demás, el amor a nuestras costumbres y culturas, eso creo que es un mito. Sin embargo, vale la pena señalar que si esto fuera contrario, los gobiernos opresores, tendrían más cuidado en ofender a la ciudadanía con sus actos. Y ya para terminar les comento que vi el desenlace del culebrón de MASTER CHEF MÉXICO, este domingo y lejos de saber el desenlace, escuché una frase que bien podría ser una de las más claras y precisas que en años no he escuchado: Le pregunta uno de los chefs que fungían como juez a la gente que acompañó a una de las religiosas que estaba en la terna por el primer lugar ¿Qué oculta “La Monja”, que puesto desempeña, que no nos ha querido decir? Y las personas que la acompañaban y le echaban porras dijeron ella es la Madre Superiora de la escuela en Puebla. A lo que inmediatamente le cuestionaron porqué nos les había dicho, que ella era la mandamás en la congregación, la Madre  contestó: “No me gusta que me hablen con distinciones, como a los políticos, que les gusta que los reciban con privilegios, a mi me gusta que me traten como a cualquier persona”...

Ahí está la respuesta de nuestros errores como mexicanos, hay que trabajar en conjunto, todos somos importantes, hasta el que barre decía mi abuelita, y no sentir que nos merecemos tratos especiales por ser los “super...X”. Gracias.

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